Me acordé de Pindu. De la primera vez que la ví. De su sonrisa. De su flequillo sobre las cejas. De su alegría pegajosa y magnética.
Recordé cómo me impactó. Pensé que ella también me había quemado. Había sentido ese escozor no doloroso, dulce, inquietante y también persistente. En mi corazón lo sentía y en mi pecho y en mis tripas.
Recordé cómo después del primer encuentro había deseado volver a verla.
Me sentía alborozada, traviesa y juguetona.
Soplaba la ronchita blanca de mi dedo y el aire sobre la herida mojada me calmaba.
Y pensaba que cuando conocí a Pindu, soplaba sobre la yesca recién prendida. Para avivar el fuego, soplaba. Soplaba dentro de mí, sobre mi corazón... y eso no me calmaba.



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